Verbo, núm. 319-320 (1993), 1027-1056 Fundación Speiro
Hablar de la acción civilizadora de España en América supone, ante todo, referirse a una nación altamente desarrollada y a un continente subdesarrollado. Cuando se produce el descubrimiento se da el encuentro entre dos mundos, cuyas diferencias ha caracterizado el historiador Morales Padrón: «Los que llegaban venían empujados por todo el desarrollo de Occidente», en tanto «los que contemplaban el advenimiento se asomaban a los bordes de un continente primitivo, llevando una forma de vida ahistórica».
Los que llegaban, lo hicieron porque tenían conciencia de que no eran los únicos en el vasto universo, que ya habían explorado hacia el Este, hacia la China, y lo estaban hacia el Sur (África). Puesto que desde hacía tiempo se sabia que la tierra era redonda, era lógico intentar el viaje a Occidente. Sus conocimientos cartográficos se lo permitían, también su experiencia náutica y el progreso de sus naves e instrumental.
Los que contemplaban el advenimiento,
en cambio,
«permanecían al margen, envueltos todavía en la Edad
Mítica, poblada
de demonios» y fuerzas incontrolables, «sin que
se les hiciera manifiesto lo que se llama razón y personalidad»,
«fuera de
la historia porque su existencia no había sido objeto de
reflexión»-; incluso, separados, se desconocían los diversos grupos,
sin sospechar que formaban parte de un continente (FRANCISCO MORALES PADRÓN, Los conquistadores de América, Madrid,
Espasa-Calpe, 1974).
Ciertamente los que llegaron y los que los vieron llegar eran
por naturaleza iguales: hombres; pero los hombres son esencia
y
son historia. La diferencia entre ambos estaba en el orden de la
historia. El esencial potencial humano difería en los grados de
desarrollo.
Los europeos de finales del siglo xv eran herederos de
los griegos
y romanos [Europa en su origen, la Cristiandad europea, procede de tres
componentes: La civilización grecolatina cristianizada y la entrada en ella
de los pueblos bárbaros, también romanizados y cristianizados junto a loa
pueblos de la vieja Europa (Entre corchetes van las notas adicionales del
editor, JMZB)]: habían desplegado sus facultades intelectuales en la filosofía
y en las ciencias; asimismo habían hecho la
experiencia de la libertad: sabían que las virtudes mejoran y plenifican,
y habían hecho un esfuerzo moral; por otro lado, eran
conscientes de su pendiente al mal y de sus vicios; conocían la
lucha por el bien
en la que a veces se vence y otras se sucumbe.
Pero el Cristianismo les había asegurado la ayuda divina, les había
aportado
la gracia de la Redención. Así, definitivamente liberados
de todo fatalismo, apuntalados por la gracia, estaban ciertos de
que
el pecado NO tiene la última palabra. En suma, los que llegaron [a América] se sabían pecadores, pero redimidos; febles, pero sabiendo
cómo convertirse, arrepentirse y reformarse.
Justamente, en el momento del descubrimiento, se había producido en España un profundo y amplio movimiento de reforma.
Es importante referirnos a esta Reforma [la verdadera reforma, no la
revolución protestante, en realidad involutiva], ya que la obra civilizadora de España
significó fundamentalmente una obra evangelizadora, de cristianizaci6n. Y
entonces hay que empezar preguntándose:
¿Estaba preparada España para realizarla?
«Durante más de un siglo (de mediados del siglo XIV hasta
fines del XV) la Iglesia realizó en España un esfuerzo paciente,
continuado
y forzosamente lento, de reforma, pues no se trataba
de modificar estructuras, sino de cambiar las .personas» que comenzó
precisamente «por ese núcleo interior que son las almas contemplativas» (Luis
SUÁREZ, Humanismo y Reforma Católica, Madrid, 1986). Esta Reforma «no empezó por decreto, sino
desde lo
hondo del alma» (íd.) y su primera manifestación, hacia mediados del
1300, fue la conversi6n de tres funcionarios reales,
laicos, que abrazaron la vida eremítica. Otros los siguieron, y esto
fue
el comienzo de la Nueva Orden de los Jerónimos, influida por
la espiritualidad de Santa Catalina de Siena, que se multiplicó y
extendió su ideal de santidad por toda España, y luego lo haría
en América. Esta iniciativa y
otras similares fueron apoyadas por
la Corona de Castilla y por las Cortes, pues a
la nueva dinastía de
los Trastámara
les interesaba corregir las costumbres tras una época
de luchas y desórdenes políticos. Fue así que se invitó a los cartujos
a instalarse en Castilla, donde proliferaron hasta formar al
cabo de 100 años un verdadero ejército de contemplativos. En
1390 iniciaron su reforma los benedictinos, hasta dejar sus monasterios en
plena observancia de la Regla de su fundador. Y lo
mismo hicieron los cistercienses.
Esta vida contemplativa irradió
y se proyectó hacia América. El primer sacerdote que pisó su suelo, enviado por Isabel, fue el benedictino Bernardo Boíl,
que celebró en Haití, en el día de la Epifanía de 1494 la primera misa
en estas tierras americanas. Y fue
un jerónimo, fray Hermando de
Talavera, confesor de la reina, el que apoyó a Colón en su aventura.
Tras la contemplación, la predicación. Al Nuevo Mundo se
enviarían ante todo predicadores, y
las dos Ordenes tradicionalmente dedicadas a este oficio
-franciscanos y dominicos- también habían vuelto a la plena observancia.
Los dominicos se destacaron siempre por su excelente preparación teológica: éste fue
su carisma desde
la fundación por el español Santo Domingo de
Guzmán (en tiempos de la herejía albigense), dando a la cristiandad
'Su gran Doctor Santo Tomás de Aquino. Este carisma se había
aplicado a predicar;
es la Orden de los Predicadores. Hacia 1400
tuvieron uno excepcional:
el español San Vicente Ferrer, que irradió por toda Europa un apostolado
popular que alcanzó a reyes, obispos y hasta al mismo Papa de quien fue
confesor y consejero.
Al correr del siglo xv todos los conventos dominicanos de
España se acogieron a la plena observancia,
lo que implicaba también una cuidada formación teológica.
De su convento de San Esteban de Salamanca salieron profesores de talla que honraron a la
famosa universidad. Uno de ellos, fray Diego de Deza,
daría un
empujón decisivo para el descubrimiento. El mismo Colón subraya el apoyo que le brindó para su proyecto, diciendo: «A fray Diego
de Deza y
al convento de Salamanca debieron los Reyes Católicos
las Indias»; y agrega fray B. de las Casas: «En una celda del convento de San Esteban (que hoy se muestra al visitante) Colón y
el Padre Deza convinieron de
que había un nuevo mundo». No
en vano
-prosigue- «Colón, a la primera ciudad que levantó
allí la llamó Santo
Domingo, en homenaje a la Orden que comprendió su genio».
En cuanto a los franciscanos, también reformados y dispuestos a la predicación, dieron aquel convento de
Palos de Moguer, el primero que acogió
al Almirante gracias a su
prior, fray Juan Pérez. Este
ex-confesor de la Reina, lo puso en
contacto con ella.
Más tarde saldría de esta reforma franciscana
otra gran personalidad, Jiménez de Cisneros al que la Reina hizo,
contrariando su humildad, Arzobispo y Primado de Castilla, difundiendo el ideal de la reforma por ella y toda España, llegando
a ser Regente del Reino.
¿España estaba preparada?, la respuesta es si. España estaba
preparada espiritual, intelectual y moralmente para enfrentar el
enorme desafío de tantas novedades como se presentaron en estas
tierras. España estaba en su momento de plenitud, tanto por su ciencia y
sapiencia humanística como por su acabada reforma religiosa. España a fines del siglo xv era «nn bastión cristiano» (la
expresión
es de Daniel Rops, un [historiador] francés). El reino de Castilla
había tomado la delantera, y arrastrado
al de Aragón. Cuando
Isabel
y Femando por matrimonio [1469] los unieron, «la reforma española había recorrido ya
un largo camino. Sus obispos (provenientes en gran parte de las Ordenes reformadas) eran en general
ejemplares y sobresalientes. Se multiplicaban las fundaciones religiosas y
una emulación de santidad se estaba contagiando. Valladolid y Salamanca se poblaban de colegios ( de diversas. órdenes)
para la preparación de directivos.
Se producía una confluencia entre los sentimientos inspirados por el
Catolicismo y el Humanismo renacentista (inspirado en sus ideas directrices por
los Padres de la Iglesia)». Esta daría lugar, en
la centuria siguiente al
Siglo de Oro Español. Y estos Reyes asumieron la responsabilidad
de aglutinar todos estos esfuerzos
(Luis SUÁREZ, Humanismo y Reforma Cat6lica, Madrid, 1986.). Acababan ellos de completar el gran esfuerzo
de la Reconquista (paciente y denodado esfuerzo de ocho siglos) desalojando al último de los enclaves musulmanes. Su religión, la
SANTA FE, con cuyo nombre bautizaron
la ciudad donde terminaron su campaña, era para ellos el
alma de
la nación española unificada. Por eso el papa Alejandro VI les
acordó el título de «Reyes Católicos» y
por esto, al producirse el
descubrimiento les encargó la misi6n de trasladar
la Santa Fe a los nuevos territorios. Este fue el fundamento de la misión
civilizadora de España
en América.
Cuando Col6n, a la vuelta
de su primer viaje, se presentó en
la Plaza Mayor de Barcelona, y los indios que había
traído consigo
solicitaron
el bautismo, que les fue administrado solemnemente
en la Catedral, siendo madrina la misma Reina, comenzó una de
las épocas
más grandiosas de la historia misional y civilizadora de
la humanidad. Todos tuvieron conciencia de esta misión, desde
los religiosos hasta los laicos, desde el rey hasta el último soldado,
desde los santos hasta los pecadores,
todos se comprometieron en ella. Y puesto que hubo muchos pecadores, muchos
que sucumbieron a tentaciones, hay en esta obra luces y sombras, pero muchas
más luces que sombras porque todos, aún los pecadores, reconocían el mismo ideal y muchos de ellos supieron enmendarse. La
gracia de Dios obró a través de todos, como siempre sucede, requiriendo a los hombres como son, falibles instrumentos.
Y sucedió en América
lo que antes había sucedido en el Imperio Romano y el la Europa
de los Bárbaros...
Veamos con lo
que se encontraron. Primero dando el ejemplo de México.
¿Con qué se encontraron los conquistadores?
México-Los Franciscanos.
Cuando los españoles se dirigieron a lo que hoy es México, en
1521, encontraron ya no tribus nómadas, separadas, viviendo en
casi estado
de naturaleza, como ocurría en las Antillas, sino gentes
sedentarias, agrupadas en ciudades, que practicaban la agricultura
y el comercio, y férreamente organizadas bajo el imperio de un
pueblo guerrero, los AZTECAS. Estos habían descendido a la llanura central o
valle de México arrasando a grupos anteriores de invasores,
los cuales previamente habían expulsado a un pueblo de
civilización bastante elevada (los toltecas de
TULA). Terminaron
por imponerse. A su caudillo lo deificaron haciéndolo dios de la
guerra, Huitzilopochtli. Habían fundado, sobre un lago pantanoso,
la ciudad de
México-Tenochtitlán apenas un siglo antes de la llegada de los españoles. Gobernados en este lapso por 11 reyes
«tlatoanis», constituyeron una sociedad de clases bien definidas:
la
de los comerciantes, la de los artesanos, la de los agricultores;
la de los esclavos. Todos estos estaban bajo la égida de una
clase
noble y eminentemente guerrera, que continuó, metódicamente,
haciendo la guerra a los pueblos vecinos para someterlos y exigirles tributos, y para conseguir lo que llamaban
«flores de guerra»,
víctimas para sacrificar
a los dioses. Esta clase de guerra era «la
guerra florida»: una exigencia no tanto de su crueldad, sino más
bien de su religiosidad. En efecto, los aztecas vivían sumidos en
el terror a las fuerzas de la naturaleza, a las que divinizaban. La
naturaleza se les aparecía con un carácter ambiguo: la consideraban por un lado fuente de vida y de fertilidad, pero por otro de
muerte
y de catástrofes. No confiaban del todo en ella, no se
sentían seguros de su conducta, y por ello trataban de dominarla
mediante la magia
y aplacarla mediante sacrificios humanos. Sus
sacerdotes (clase muy prominente) eran hechiceros, que, por las
razones antedichas, se ocupaban de estudiar los astros (de los
cuales dependía el ritmo cósmico). Esto los llevó a desarrollar un
sistema de numeración vigesimal, con fracciones
y múltiplos, todo
lo cual quedó concretado en calendarios, en cuyo centro representaban al sol. Dividían el año y los períodos, marcando así las necesarias fiestas rituales para prevenirse contra las fuerzas del caos
frente a las cuales se sentían tan inseguros. Este terror ante las
fuerzas de la naturaleza no fue privativo de los aztecas. Lo hallamos en todos los pueblos del mundo hasta que no acceden a un
uso pleno de las capacidades humanas de razón y libertad. En
Europa había sucedido lo
mismo hasta que los GRIEGOS en un
esfuerzo
intelectual notable, empezaron a concebir, unos 1300 años antes de Jesucristo, la idea de un COSMOS gobernado por divinidades inteligentes y bienhechoras que
se encargaban de administrar los variados ámbitos de la existencia bajo
la égida de un dios
justiciero,
y, hasta cierto punto, providente. Este dios supremo
era Zeus (el Júpiter de la religión romana), cuya cualidad era la
justicia, es decir, la capacidad de dar a cada cosa lo que le corresponde. De este modo
se resolvían las pretensiones desmedidas de los diversos ámbitos
de la existencia, cada una de las cuales tiene reclamos (que generalmente son difíciles de compaginar).
El amor, por ejemplo, tiene
sus exigencias que a veces chocan con las de la familia, a la que
ponía en peligro; o en el campo de la política, los gobernantes
tienden a abusar de su autoridad; o, al defenderse de otros pueblos de la guerra, se producen abusos y desmesuras en
las venganzas. Siempre está el peligro de la desmesura. La idea de un dios
justiciero y providente viene a remediarlo. El pone las cosas nuevamente en su lugar: dentro
de los límites que convienen a cada
ámbito existencial. Los dioses que protegen
esos ámbitos (Afrodita, el del amor; Hera,
el del matrimonio; Marte, el de la guerra,
etcétera) aceptan
la soberanía. del Dios Padre justo, que armoniza
el conjunto de la existencia. Así los Griegos superaron el terror
al «caos», y llamaron «cosmos» al mundo. Es más, con el tiempo
se dieron cuenta que esos conflictos entre variados ámbitos de la
existencia provenían,
ya no de fuerzas. externas a las que llamaran
«dioses», sino del mismo corazón humano. Los dioses influían en
el corazón,
pero cada vez más los grandes pensadores griegos: poetas
trágicos del siglo v, Sócrates y luego los grandes filósofos
discernieron que la tendencia a la desmesura estaba en el hombre
mismo, que los conflictos
se daban en su corazón y que era el
hombre mismo quien debía tratar de poner límites a sus pasiones
desatadas y lograr la armonía. Esto constituyó un paso enorme
en la historia de
la civilización. Significó aprovechar las facultades
humanas: la inteligencia
para conocer, conocerse y orientarse; y
la voluntad, con su libertad, para decidirse entre el bien y el mal,
entre lo justo
y lo injusto que la inteligencia les mostraba. Mas
esto no implicó rechazar la idea del dios justo, muy. por el contrario: bajo su gobierno del
mundo se sentían amparados, y tanto
más porque este dios justo los guiaba por medio de su hijo sabio,
Apolo, al que concebían como el iluminador de sus mentes.
Sócrates dice ser guiado por él en su investigación filosófica y le
ve como médico de sus corazones.
En efecto, a pesar de su ideal
de perfección y plenitud humana, gracias al conocimiento de la
verdad y el ejercicio de
las virtudes, ellos hicieron otra experiencia
fundamental, aunque dolorosa: la dificultad de llegar a la verdad
y
de ejercer las virtudes a causa de esa tendencia a la desmesura,
a extralimitarse, y la experiencia contraria: la
de no animarse al
esfuerzo que hay que hacer para lograrlo. También los griegos de
la época de plenitud nos legaron otra sabia experiencia: vieron
que las consecuencias de la propia desmesura y de la propia poquedad de ánimo nos hacen sufrir, pero que justamente este
sufrimiento nos enseña y purifica. «El sufrimiento enseña», decían,
aún el sufrimiento que aparentemente no viene de nosotros. El
dios sabio
y justo nos lo concede como un camino de rectificación
y por tanto de plenitud. Hay leyes en nuestra esencia humana (logos, ley), así como las hay en el cosmos, las cuales han de respetarse
si es que queremos desarrollamos para bien;
y que infringidas,
nos llevan al mal, a la frustración propia
y a la desarmonía social
y política.
Esto fue un hito fundamental
en la historia de la humanidad,
un legado que heredaron los romanos, y que ellos difundieron a
los pueblos del
ámbito del Mediterráneo que conquistaron y gobernaron. Esto constituyó una de las preparaciones providenciales
a la llegada del Cristianismo, como bien lo vieron los Padres de
la Iglesia, latinos
y griegos, formados en esa herencia clásica, que
transmitieron a la Europa medieval
y del Renacimiento. La otra
preparación al advenimiento de Cristo fue la de los judíos, el pueblo a quien Dios mismo se reveló, en cuya historia intervino, con
figuras y mensajes que aludían a la llegada del Redentor. Esta
preparación
mucho más directa y eminente, coincidía, sin embargo, en parte, con la preparación de los Griegos. Los mandamientos
orientaban su conducta hacia las virtudes, esos rasgos de carácter
que hacen que un
hombre sea plenamente hombre. Con ello, también los judíos hicieron una experiencia semejante a la de los
Griegos: ¡qué difícil era cumplirlos! ¡cuánto tuvieron que sufrir
por sus transgresiones! Esta doble experiencia dolorosa se daba
en los tiempos inmediatamente pre-cristianos. Los autores de esta
época coinciden en su testimonio: les era casi imposible ser virtuosos y buenos por más que conocían en qué consistía serlo. Solos,
no
podían. Y unos y otros clamaban por una ayuda divina, por
un Salvador. Conocían el matrimonio monogámico, pero se divorciaban; sabían que había que respetar al prójimo,
pero caían en
toda clase
de abusos para con él; tenían buenas leyes en la polis,
pero las transgredían; la codicia era una peste; y entre los paganos, la prostitución,
el aborto, el no querer trabajar con sus manos,
la esclavitud
...
En verdad, era hora que llegara el Salvador. Era necesaria su
palabra, pata aclarat la conducta humana y era necesario su sacrificio redentor para curar y restaurar la naturaleza humana, así
como pata elevarla a su dimensión divina (que intuyeron también
los Griegos, por su aspiración a lo infinito, pero sin poder alcanzarla
...). Los Griegos habiendo alcanzado tanto con su inteligencia («Don de Dios
a los Griegos» como decía Clemente de Alejandría), no concibieron nunca la idea de un Dios creador de todas
las cosas,
ya que su dios supremo era tan sólo un gobernante del
mundo, alguien que ponía orden y justicia pero que no podía contrarrestar del todo otra fuerzas malignas que seguían al acecho.
Ellos decían que este Dios justo le había quitado
el cetro a otros
dioses anteriores, caóticos, instaurando un orden, un «cosmos»;
pero sentían aún el influjo de aquéllos, demoníacos, desordenadores y tenebrosos. Es más: sólo
algunos, muy pocos de entre los
Griegos y Latinos, estaban absolutamente convencidos de la bondad del Dios supremo y su
mundo armonioso: un Sócrates, un
Platón, un Virgilio... Pero la mayoría fluctuaba entre esta concepción y
la de que seguían actuando fuerzas demoníacas. Y le
daban culto a uno y a los otros, para protegerse de ellas, para
aplacarlas y dominarlas con ritos mágicos.
Los Aztecas y su religión.
¡Cómo asombrarnos de los aztecas! Los aztecas y su religión
estaban culturalmente en
la edad de bronce (no conocían el hierro
ni la rueda), y no habían desarrollado el intelecto ni
la personalidad. Ellos, los mayas y los incas eran los únicos en el vasto
continente americano que habían llegado a esa etapa última de la
prehistoria en que
ya tenían numeración y una escritura de jeroglíficos con algo de ideográfico y de fonético, además de desarrollar admirablemente las artes del gobierno, de
la agricultura, de
la arquitectura y escultura, de la astronomía. Pero, aún así, esta
última tenía un uso mágico: conjuraba
el miedo. Dudaban del ritmo de la naturaleza. ¿No se enojaría
de pronto el dios de las semillas, negándoles la lluvia y las cosechas? Para aplacarlo, le sacrificaban
niños. . . Cuenta al respecto. el franciscano misionero Motolinia:
«cuando el maiz apenas apuntaba ... sacrificaban un niño y
una niña de edad de hasta tres o cuatro años, hijos de señores principales, no sacándoles el corazón (como hacían en
otros casos) sino degollándolos... ; cuando el maíz estaba a
la rodilla, compraban cuatro niños esclavos de cinco o
seis
años, y sacrificábanlos al dios poniéndolos en una cueva,
encerrándolos ...; cuando el maíz estaba ya grande hasta la
cintura ... bailaban todos al demonio y le sacrificaban muchos
cautivos, presos en las guerras de pueblos muy lejanos
... ».
(Hist. de los indios de la Nueva España, c. VII)
Este es un ejemplo entre tantos. Y, como para conseguir dichos
cautivos hacían la guerra, necesitaban congraciarse al dios de la guerra,
Huitzilopochtli (aquel caudillo deificado), al que dedicaban los más
cruentos sacrificios en las pirámides o teocallis de
Tenochtitlán: Alli había un ara:
«y en esta piedra tendían a los desventurados, de espaldas,
para los sacrificar, y el
pecho muy tenso, porque los tendían
atados los pies y las manos,
y el principal sacerdote de los
ídolos ... de presto con una piedra de pedernal, hecha de
navajón como
hierro de lanza [pues no tenían hierro], no
muy agudo, porque
como es piedra... no se puede hacer
aguda, con aquel navajón, como el pecho estaba tan tenso,
con mucha fuerza abrían al desventurado y de presto
sacábanle el corazón... y untaban los labios de los ídolos con
la sangre... Al cuerpo lo echaban a rodar si era de los presos
de guerra, y el que lo prendió con sus
amigos y parientes
llevábanlo
y aparejaban aquella carne ... y al otro día hacían
fiesta y lo comían; y si el sacrificado era esclavo no lo echaban a rodar sino
lo abajaban en brazos, y hacían la misma
fiesta y convite
...
Sacrificaban, según el pueblo, 20, 30, hasta 50 o 60; en
México sacrificaban 100 o más. . . De aquellos que así sacrificaban, desollaban algunos
... y vestían aquellos cueros, que
por las espaldas
y encima de los hombres dejaban abiertos,
y vestidos lo más justo que podían, como quien viste un
jubón y calzas, bailaban con aquel cruel y espantoso vestido ... ».
(íd.)
¿Crueldad? ¡No! Miedo, miedo a las fuerzas de la naturaleza
y a esos demonios que les podían no ser favorables. Creían que
esas ofrendas los aplacaban, ofrendas de sangre porque lo que pedían era vida, fertilidad
y fuerza para luchar. De allí también el
festín, en el que participaban
de la sangre consagrada al dios, que
los vivificaría
y fortalecería (figura de nuestra «COMUNIÓN», como
bien
lo entendió la mexicana teóloga de México: Sor Juana Inés de
la Cruz).
De allí el vestirse con esos cueros, pensando que les
trasmitían vigor para la guerra
... Ciertamente es «espantoso», pero,
más espantoso era el miedo que los devoraba... Más digno de compasión que de crítica, estos pobres aztecas, abrumados por tanto
miedo al mundo que sentían hostil
y a los demonios que los acechaban ...
La recepción del Cristianismo
¡Cómo no recibir el cristianismo como lo hicieron! Los liberó
del miedo
y de tales carnicerías. Notemos que sacrificaban a esclavos a quienes tenían consideración, a sus propios infantes para
que creciera el
maíz ... Aún hoy en día, los misioneros nos relatan,
que uno de los alivios
más grandes que el cristianismo les brinda
a los paganos
es la convicción de que hay un solo Dios bueno.
Antes de esto viven en un mundo acosado por centenares de dioses; nunca pueden saber cuando
han omitido los honores que determinados días merecen y de esa manera los han ofendido. Viven
permanentemente aterrados por los dioses. Cuando descubren que
existe un solo Dios cuyo nombre
es «Padre» y cuya esencia es el
amor
se sienten liberados y emancipados. (Barclay, I Tim., pág. 70).
En
gran parte, fue ese estado de cosas lo que les abrió paso
a los españoles.
Es increíble que un puñado de hombres como los
que
tenia Cortés hubiera conseguido, apoderarse de ese imperio
aguerrido en tan poco tiempo.
En primer lugar, lo ayudaron los
pueblos vecinos que eran objeto de las guerras floridas de los
aztecas, en especial
los tlaxcalanos. En segundo lugar, lo ayudó
la mala conciencia que tenía
el rey Moctezuma respecto de este
culto idolátrico
y cruento. En efecto, había en México una tradición:
se decía que en la época de los toltecas, en Tula, hubo un
jefe que
se convirtió en sumo sacerdote, que reprobó la idolatría
y la magia, e instauró un culto al «dios único» (Nelli Teol), del
que se decía profeta. Este dios era el benefactor de los hombres,
les inspiraba la sabiduría
y las artes. Pero este jefe, llamado Topiltin o
Ce Acatl, fue desalojado de Tula por otro caudillo. Entonces aquel profeta del dios bueno
se dirigió hacia el mar, prometiendo volver
... Por si acaso, los aztecas lo veneraban también,
bajo el nombre de Quetzacoatl, el dios del viento y de la inspiración,
representándolo bajo el aspecto de una serpiente «empluma
da» (plumas, signo de vuelo y de inspiración)
... Y los mismos
sacerdotes profetizaban a su respecto:
«Por el norte, por el oriente, llegará el amo,
¡oh poderoso Itzamaná!
¡Ya viene a su pueblo su amo! ¡oh Itzá!
Ya viene a iluminar a tu pueblo.
Recibe a tus huéspedes
los bárbaros,
los portadores de
la señal de Dios».
Y en el mismo texto profético (Chilam Balam de Man!) se
anunciaba la llegada de un trozo de madera que colocado en lo
alto habría de dar nuevo sentido a la vida de los mayas. Notemos
que se trata de un texto de los mayas, en donde primero se exilió
aquel profeta, dando lugar a un culto incruento y espiritual en el
santuario de Chichén-Itzá. De
ahí también el nombre que se le da
al esperado: Itzá.
Moctezuma, que conoda la profecía, tembló cuando le anunciaron la llegada de hombres que
venían del mar, en barcos con
mástiles: la madera (y también: la
CRUZ); mientras los sacerdotes
multiplicaban
sus ceremonias nigrománticas para conjurar el avance de los españoles, Moctezuma cavilaba, y al fin quedó paralizado,
resignado
...
No es de extrañar esta historia azteca de un profeta del Dios Único y Bueno. Un teólogo contemporáneo de nota, el francés
Louis Bouyer, habla de ella en su obra Le père invisible. Dice
que
es uno de los casos que hay en la historia de los pueblos precristianos de un profeta inspirado que, accediendo
al conocimiento
del Dios único, trata de restaurar esta primitiva creencia en
la
humanidad, luego desfigurada por la idolatría y la magia, que van
juntas. Según este
teólogo e historiador de· las religiones, hubo
siempre dos tentaciones que acecharon y desfiguraron
la auténtica
y prístina esencia religiosa: la tentación de la magia, que consiste
en captar y dominar lo divino por medio del rito; y la tentación
de
la idolatría: calcar lo divino a partir de lo humano (invirtiendo
así lo que revela el Génesis, que es el hombre el hecho a imagen
y semejanza de Dios). Con estas dos perversiones de la religiosidad auténtica, la cual consiste en obedecer a Dios
y venerarlo
como fuente de vida, se produce siempre la confusi6n de lo divino
con
el mundo, y por lo tanto, pensar que, al tener el mundo así
conformado aspectos malos y caóticos, se ha de producir de tanto
en tanto una destrucción purificadora.
La «salvación» es turbiamente identificada entonces con dicha «destrucción». ¡Cómo no
iba a temblar Moctezuma,
y al mismo tiempo reverenciar y recibir
a los que creía «salvadores»! (Le père invisible) Su imperio se desplomaba, iba a
empezar una nueva era mejor...
En cuanto a Quetzacoatl, Bouyer
le acuerda realidad histórica y dice que su caso es semejante al del
faraón Akhenaton, «servidor de Atón»,
el dios Verdadero, que
hizo una reforma semejante en Egipto, desechada tras su muerte
con
un retomo al politeísmo mágico e idolátrico ; lo compara también a Buda, y a Sócrates, sabios llenos de piedad y reverencia
para el Dios Único que percibieron, y que asimismo instaron a los
suyos a adorar.
Y termina observando Bouyer:
«Todos estos son hombres que vieron un relámpago
en la noche. Marcados para siempre por esta luz, ya no pueden quedarse tranquilos entre las tinieblas. Aunque su visión
singular no repercuta en los demás
... ».
Y en efecto -continúa-
«ninguno de estos videntes consiguió hacer pasar su visión
a la conciencia colectiva. Tan sólo en Israel (por especial
provisión divina) hubo un profetismo continuo, pero de allí
a que pasara a una comunidad... Esto sucedió sólo en el
Cristianismo, y esta visión del Dios Único no es considerada
patrimonio exclusivo
de una comunidad, sino de una comunidad destinada a
la universalidad».
Ciertamente, sólo Jesucristo mandó a evangelizar a sus apóstoles a todo
el mundo: «Id y predicad a todas las naciones. Así
como
el Padre me envió, así Yo os envío a vosotros».
Esto se cumplió desde entonces.
Las antiguas naciones, muchas
de ellas preparadas para esta recepción
por dichas excepcionales figuras proféticas, oyeron la palabra y se fueron
bautizando, integrando el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia: griegos y
romanos; godos, francos, lombardos; magiares y vikingos ... Los extraños al
pueblo elegido, y luego los que eran enemigos de la Cristiandad... : a todos, poco a poco, y con riesgo de la vida, con
martirios
de ejemplo y martirios sangrientos; se les llevó la Buena
Nueva y se los bautizó... La Hispauia romana, visigótica se convirtió
a fines del siglo
VI; poco más de 100 años después llegaron los
musulmanes: muchos cristianos apostataron pero muchos otros resistieron y fueron reconquistando palmo a palmo el territorio invadido.
Esta lucha externa
los fortaleció interiormente, y estos corazones
caballerescos
se dispusieron así a la misión que les tocaría más
adelante. Hubo un momento de decaimiento, pero a éste le sucedió
un reflorecer espiritual, interior, que dio lugar a la Reforma y
al
Humanismo Cristiano. Los herederos de tantas luchas externas
estaban fortalecidos para renovarlas en
América. Hubo así osados
conquistadores y misioneros, puñados de hombres que
se adentraron en un continente desconocido e inhóspito, entusiastas los unos
y ardiendo de caridad los otros.
Así llegó el Evangelio a México.
Civilizar es Evangelizar.
Con esa conciencia de que civilizar es evangelizar. No basta
lo que llamarnos adelantos materiales,
ni siquiera las artes, para
que haya una civilización.
Sobre todo, Cristo trajo la conciencia de igualdad y fraternidad. Antes las
civilizaciones eran cerradas. El pueblo judío no
había entendido todavía
lo que Dios le dijo a Abraham: «Te haré
cabeza de un gran pueblo y en tu descendencia serán benditas
todas las naciones». Los profetas subrayaron en Israel que a este
pueblo elegido
se le unirían todas las naciones. San Pablo, el
apóstol de los gentiles, proclamó con toda claridad que
«ya no
había judío ni gentil». El cristianismo borra estas diferencias: se
interesa por las idiosincrasias de todos los pueblos y asume lo
bueno que encuentra en cada uno
de ellos. Los griegos, por su
parte, llamaban «bárbaros» a los extranjeros
porque no entendían
su lenguaje ni
se interesaban por aprenderlo. Era para ellos un
murmullo despreciable: un «bar-bar», y de allí la palabra que les
aplicaron: «bárbaros». El Cristianismo trajo la apertura de corazón: fue
la caridad lo que indujo a los misioneros a aprender las
lenguas para poder comunicarse, comprender a los demás y proponerles el Evangelio. No es un teólogo, sino un lingüista, Max
Muller, quien hace esta observación:
«Mientras la palabra bárbaro no fue borrada del diccionario
de
la humanidad y reemplazada por la palabra hermano;
mientras no se reconoció el derecho de todas las naciones
del mundo a ser calificadas como miembros de una sola especie, no se pudo encarar nuestra ciencia del lenguaje. Este
cambio fue llevado a efecto por el cristianismo».
Los primeros lingüistas
Así sucedió en nuestra América. Los cultísimos misioneros que
llegaron fueron los primeros lingüistas. En todas partes recogieron
esas lenguas que aún no estaban escritas y las trasladaron a la
escritura alfabética. Estudiaron su gramática, y la consignaron. De
este modo
se nos han conservado. Recogieron sus leyendas, sus
historias, sus costumbres, y así las conocemos.
A México llegaron de inmediato los franciscanos. Los primeros
fueron flamencos, enviados por Carlos
V; en seguida la Orden
Franciscana, con misión expresa del Papa y del Emperador, envió
un grupo de «12 apóstoles», con conciencia de renovar en el Nuevo
Mundo la misión que los primeros 12 habían realizado en
el Viejo.
Cortés los puso en contacto con los caciques y sacerdotes aztecas.
Y tuvieron lugar entre ambos unos singulares coloquios. Los misioneros expresaron su intención y proclamaron la Santa Fe, invitando a los sátrapas a que reflexionaran y respondieran. Estos
se reunían a solas, y luego volvían y ponían sus objeciones. Los
12 Apóstoles les contestaban; y así, poco a poco, aclaraban las
dudas de los sátrapas y les mostraban sus errores. Con este método
respetuoso, persuasivo y paciente, los fueron convenciendo. Era
un método tradicional, por otra parte: el método del «coloquio»
o «disputa» para llegar a
la verdad, que tenía por antecedente los
«diálogos socráticos», se usaba en las instituciones que creó la
cristiandad en la Edad media, las Universidades.
Los franciscanos que vinieron eran universitarios: algunos
provenían de la Universidad de París, otros de Salamanca. Entre
ellos, hubo un francés, Juan Focher, doctor de Leyes por la Sorbona. Conocemos estos «coloquios
de los doce» porque los
consignó fray Bernardino de Sahagún, tanto en. castellano como en
náhuatl en 1564. El los escribió en castellano, pero lo notable
es
que la traducción náhuatl la encargó a los indios ya letrados que
en ese momento
eran sus discípulos de latín en el Colegio de Santa
Cruz de Tlatelolco, sito en México. Esta institución fue creada en
1536
Su maestro Sahagún les entrega el texto castellano
y ellos lo recrean «desde sus propios moldes» haciendo hablar a
los sátrapas según las «formas de pensar
y hablar típicas de la
época prehispánica», que se diferencian de sus interlocutores europeos.
Subraya también Durán, que ésta fue una manifestación «humanista»: de
ese humanismo cristiano del que estaban imbuidos
los franciscanos y que les hacía
apreciar la idiosincrasia de los
indios como una expresión concreta de lo humano. Y este aprecio
se evidencia asimismo en el prólogo de fray Bernardino al nombrar a sus colaboradores: «los colegiales más hábiles y entendidos
en lengua mexicana y lengua latina... de los cuales uno se llama
Antonio Valeriano, vecino de
Azcapuzalco; otro
Alonso Vegerano,
vecino de Quahtitlán;
otro Martín Iacobita, vecino de este Tlatelolco; y Andrés Leonardo, también de Tlatelolco. Limóse asímis
Esto último es de notar. Darles cabida a estos ancianos significaba querer rescatar
todo el pasado indígena. Sahagún fue un
conocedor del náhuatl, y
quería verterlo con toda autenticidad. Y
del mismo modo redactó este humanista otras obras bilingües,
como
la Historia General de las cosas de Nueva España; y varias
más en náhuatl, tanto de Doctrina y Ejercicios de devoción para
los indios, como un diccionario trilingüe: castellano, latino, mexicano; y
obras en que recopiló los ritos idolátricos, el Arte adivinatoria y
el calendario de los aztecas. Sus Epistolas y Evangelios, y
sus
Sermones, en náhuatl, ponen en evidencia que se predicaba
y decía la misa en esta lengua, adelantándose a lo que permitió
el Concilio Vaticano
II.
Las ediciones de estas obras, y de otras, escritas por otros
misioneros fueron editadas en México, promovidas
y pagadas muchas de ellas por su primer obispo, el franciscano fray Juan de
Zumárraga, quien trajo la imprenta
y fundó la primera universidad a mediados del siglo
XVI. Y a en esta época llegaban a México
todas las novedades que se publicaban en Europa, así como las grandes obras
del pasado: teológicas, filosóficas, históricas, literarias. España trasladó toda su cultura hasta México a la que por
ello llamó Nueva España, integrando los aportes de la cultura
autóctona, así como lo hicieran en el pasado europeo
los Padres
de la Iglesia.
Por eso esta generación de franciscanos mereció llamarse «Padres de la Iglesia Mexicana».
En cuanto a los indios, hace notar el ya citado franciscano
Motolinía -nombre que le pusieron los indios, y que quiere decir «humilde» que anotaron en el año de. la llegada de los franciscanos (1524) «y lo tienen .por más principal que el otro»,
llamándolo «El año que vino Nuestro Señor, el año que vino la fe».
(Trat. III, cap. I).
La evangelización se hizo al principio por medio de catecismos
pictográficos, imitando los franciscanos los viejos jeroglíficos
aztecas, pues veían que ellos eran amantes de las figuras. Por esta
misma razón permitieron que los indios que lo deseaban se confesaran por
medio de dibujos, que les ayudaban a expresarse mejor. ¡Adelantaron el método audiovisual! Igualmente aprovecharon
el gusto por
el canto que observaron en los indígenas para volcar la doctrina cristiana
«en un canto llano muy gracioso que sirvió
de buen reclamo para
atraer a la gente a aprenderla». (Motolinía,
op. cit., c. XIX).
La «creatividad» de estos misioneros
pára adaptarse al medio
nos deja maravillados.
Al principio se valieron de niños españoles
para entender el náhuatl, ya
que ellos jugando con
los
indiecitos, lo aprendían en seguida. Uno de estos niños que hicieron de intermediarios en los comienzos,
se hizo fraile de mayor y llegó a
ser
el mejor lingüista de todos por haber «mamado» el idioma
desde su infancia.
Se llamaba fray Alonso de Molina, y lo destacamos además por las obras que de
él tenemos para facilitar la
administración
del sacramento de la PENITENCIA. Se llamaban
Confesionarios, uno de ellos dedicado a los confesores y el otro a
los confesados.
Se tuvo mucho cuidado en preparar a unos y a otros.
No
podían confesar a los indios los sacerdotes hasta que estuvieran al
tanto de la lengua y la idiosincrasia indígenas, ya que se
advirtió que sus costumbres incluían desvíos tales como la idolatría, las supersticiones, los agüeros así como la
sodomía y la bestialidad. Había que saber preguntarles e interpretar lo que decían,
y los
Confesionarios ayudaban a hacerlo. Costó mucho hacerles
captar a los neófitos en qué consistía este sacramento, así como
apartarlos de aquellas costumbres inveteradas. Y los frailes se tomaban el
trabajo de una doble preparaci6n. La primera preparaci6n era comunitaria, los domingos:
se les hacía repetir los mandamientos y preceptos así como las oraciones penitenciales; se les
explicaba la eficacia del sacramento y se insistía en las tres condiciones de «contrición, confesión y satisfacción»; se les recordaba el
papel mediador del sacerdote y que
no tuviesen temor; por último
se les distribuían los horarios que les corresponderían a cada grupo.
El
día. de la semana asignado, cada grupo era ayudado en. conjunto
a hacer el examen de conciencia .mediante. la lectura de un «memorial» que contenía «todas fas cosas en que ordinariamente suelen los hombres pecar» incluyendo aquellas faltas peculiares de
los indios, que así paulatinamente fueron extirpando. Finalmente
se confesaba cada uno como prefiriese: ya oralmente, ya trayendo
sus pecados escritos, y lo más común, como decíamos, «los traían
pintados y los iban declarando».
Es de destacar la función civilizadora del sacramento de la
penitencia: contribuyó al descubrimiento de la interioridad del
carácter, y fue una manera. de cobrar sentido de la responsabilidad
de los actos; tanto
más cuanto que la religiosidad animista y mágica que antes profesaban tendía a descargarse, ya que se veían las
causas de muchos males en la influencia de los dioses o demonios;
fue una enorme liberación respecto de aquéllos y un asumir la
propia libertad, con ayuda de la gracia y misericordia divina, y la
esperanza de la recompensa eterna.
Otra gran obra civilizadora fue sacarlos de la poligamia y devolver a la mujer su dignidad. Esto también costó mucho, puesto
que los caciques y principales indios tenían infinidad de mujeres,
no sólo para convivir sino también «para tejer y hacer mantas y
otros oficios». Cuenta Motolinía que «no bastaban ruegos ni amenazas» para estos jefes, quienes por otro lado, al acaparar esposas,
dejaban a otros indios sin ellas. Como «la paciencia todo lo alcanza», al cabo de varios años de prédica consiguieron estos pacientes
franciscanos que
los caciques fueran aceptando la monogamia en
el matrimonio sacramental. Oigamos a Motolinía el relato: «Y para no errar ni quitar a ninguno su legítima mujer, hay
en cada parroquia quien conocía
a todos sus vecinos, y los que querían desposar venían con todos sus
parientes, y venían todas sus mujeres, para que todas hablasen y alegasen
en su favor, y el varón tomase
la legítima mujer, y satisficiese a las otras
y les diese con qué alimentarse y mantener
los hijos que les quedaban. Era cosa de verlos
venir, porque
muchos de ellos traían un hato de mujeres e hijos como de
ovejas; y despedidos éstos venían otros indios muy
instruidos en el matrimonio y en la práctica del árbol de la consanguinidad y afinidad. A éstos los
llamaban los españoles
licenciados, porque lo tenían tan entendido como sí hubieran
estudiado sobre ello muchos años. Estos platicaban
con los
frailes los impedimentos; después de estudiados y entendidos, enviábanlos a los señores obispos
y a sus provisores
para que
los decidiesen porque todo esto ha sido menester...».
Y continúa el fraile:
«De estos indios se han visto muchos, con propósito y obra, determinados a
no conocer otra mujer sino la que legítimamente han desposado después que
se convirtieron...».
No podría encarecerse lo suficiente al respecto. No só1o el matrimonio monogámico, sino la práctica de la castidad matrimonial,
han sido en la historia de la humanidad obra del cristianismo. No
sólo entre los indios,
sino. entre los pueblos de mayor cultura, la
castidad fue algo prácticamente desconocido, El varón griego, si
bien la exigía a su mujer legítima, no la practicaba: además de
la esposa, a la que mantenían recluida en el gineceo, sin participar
para nada de su vida y conversación,
tenían concubinas y prostitutas.Las mujeres vivían en una siruación de total dependencia y
carecían de derechos. En Roma, cuando nacía una mujer, era difícil que sobreviviera: só1o una era la conservada y por ello ésta
llevaba
el apellido de la familia (Tulia, del apellido Tulio; Octavia, del apellido
Octavio). La mayoría de las recién nacidas eran
abandonadas en la calle, y se las recogía para dedicarlas a la prostitución...
La rehabilitación femenina viene de Cristo:
«Ya no hay varón
ni mujer», como recuerda
San Pablo. Viene con el respeto de su
dignidad de hija de Dios
y redimida por Cristo.
Así, la mujer indígena conoció un status. Los franciscanos nos
hablan de muchas que colaboraron en la obra evangelizadora al
igual que las primeras cristianas de las que ayudaron a los Apóstoles. Además,
se crearon para ellas, las niñas (así como los niños),
recogimientos: internados en que se las educaba y preparaba para
ser esposas y madres
de familia. De estas niñas se encargaban las
mujeres españolas, que a tal efecto llegaron, y las primeras de entre ellas fueron enviadas y provistas por la emperatriz Isabel, la
mujer de Carlos V. Cuenta Motolinía:
«Muchas de estas niñas, a las veces con sus maestras, otras
veces acompañadas con algunas viejas... salían a enseñar,
así en los patios de las iglesias como en las casas de las señoras, y convertían
a muchas... y siempre han ayudado
mucho a la doctrina cristiana»...« Y cuando se casaban,
enseñaban a otras... y
se reunían entre ellas para rezar juntas
el Oficio de Nuestra Señora».
Indios Evangelizadores
Observamos el rápido progreso de estas neófitas, ya interesadas en evangelizar ellas mismas a los suyos. Muchos indios, mujeres como varones,
cooperaron en la evangelización con espontáneo
ardor apostólico. Entre los muchachos, era común que se adentraran en zonas aún no holladas por los misioneros para
convertir y
enseñar a otros indios. Motolinía pondera a estos apóstoles laicos
que
en «muchas provincias y pueblos remotos, por sólo su palabra
han destruido ídolos y levantado cruces y puesto imágenes, adonde
rezan lo
poco que se les ha enseñado»; relata el amor por Ia pureza de
estos jóvenes; cómo algunos llegaron a morir por la fe;
su piedad, las vocaciones religiosas que entre ellos se despertaron;
y cómo poco a
poco se formaron familias cristianas que por si
mismas formaban a sus hijos, y a su vez iban a misionar.
«...Y en verdad hay tanto que decir y contar de la buena
cristiandad de los
indios, comenta Motolinía. Cristiandad que ya
dio un beato en aquellos primeros tiempos: el beato Juan Diego [el indio san
Juan Diego],
a quien se le apareció la Virgen Nuestra Señora de Gudalupe; y
lo
hizo presentándose con rostro mestizo, como bendiciendo aquel
maridaje de culturas, aquella integración civilizadora
La Evangelización: prioridad real
Esto fue posible porque
España y los Reyes de España tuvieron por primera y fundamental prioridad la evangelización y promoción humana
de las tierras que les tocaron en el Nuevo Mundo.
Desde su comienzo consideraron a los indios como sus «vasallos»
y a estas tierras como «provincias». El historiador argentino Ricardo Levene ha demostrado
-y ha .sido aceptado en Congresos-
que «las Indias nunca fueron colonias»,
a la manera de las inglesas, por ejemplo. Desde un principio la Corona española promovió
el MESTIZAJE, tanto racial como cultural, y la España católica del Siglo del Barroco trasladó íntegramente su alta cultura al
nuevo mundo, integrando a ella lo mejor y
lo válido de las culturas aborígenes, la
azteca y la incaica, rescatándolas de su estado
mítico y prehistórico, dando a sus lenguas la escritura fonética,
en la cual al fin se redactaron sus viejas leyendas.
En cuanto a los grupos que se hallaban en condiciones infraculturales que eran la mayoría, nómadas que
aún vegetaban en la
Edad de Piedra; que vivían en tribus sin nexo alguno entre sí sino
guerreando entre
ellos, que andaban desnudos y se alimentaban
de la caza y de la pesca, holgazanes, algunos relativamente mansos
pero otros feroces y
caníbales, la Corona española, considerándolos. sus vasallos, los fue promoviendo lenta y pacientemente. Costó
muchísimo sacarlos de este salvajismo, de su poligamia y vicios
inveterados y enseñarles las leyes de la civilización, el trabajo y
los oficios.
Uno de los medios que se implantaron para su promoción fue la «encomienda». Consistía en «encomendar» a un
conquistador que se establecía como poblador un cierto número de indios para
que se ocupase de evangelizarlos y civilizarlos, en
De ahí en más, los Soberanos
pusieron «la
mayor atención en que se tratara bien a los indígenas y
se les protegiera contra todo expolio, abuso y crueldad, y
se respetasen su libertad y sus bienes personales» (
por manera que no exceda en
cosa
alguna lo que por las letras apostólicas de dicha concesión
nos es prescripto y
mandado» (23 nov. 1504).
De acuerdo con dicha orientación, la Corona fue dando
LEYES
específicas para el Nuevo Mundo, y. las fue modificando de acuerdo a la
realidad. Es más, requirió constantemente de todos los
que aquí se encontraban, informaciones y opiniones sobre su cumplimiento o incumplimiento. España, como lo ha subrayado el
historiador norteamericano Lewis Hanke tenía una peculiar
sensibilidad jurídica y justiciera; al mismo tiempo se gozaba en
ella de una singular «libertad de palabra» para emitir opiniones
y críticas,
inconcebible aún para nuestro siglo XX. Tanto es así,
que los datos y críticas negativas que fueron emitidos entonces
fueron utilizados unilateralmente
por los enemigos de España para
atacarla y labrar la «Leyenda Negra». Como nuevamente
lo hace
notar
el historiador Hanke al alabar a .España por su esfuerzo
justiciero, «se sabría hoy mucho menos (de lo bueno y de lo malo)
si los españoles no hubieran
discutido sus problemas tan libre y
francamente». Los Trastámara y sus sucesores los Habsburgo estimularon durante todo el siglo XVI y el XVII esta sinceridad. Y a
en 1509, Fernando mandó que «ningún oficial impidiera a nadie
enviarle cartas u
otra información concerniente al bienestar de
las Indias». En 1521 ordenó Carlos V: «Mandamos que hora y
en adelante todas las personas que nos quisieran escribir, lo puedan hacer sin impedimento». ¡No había censura! En el Archivo
de Indias
-observa Hanke- hay miles de cartas aconsejando,
amonestando y hasta amenazando a Fernando, a Carlos V, a Fe
¡Inimaginable algo así en la Francia o Inglaterra de esa
época! ¡Y aquellos monarcas,
confrontados además a gravísimos problemas euro
Dentro de este clima de inusual franqueza y de suma inquietud por la
justicia, fue posible la denuncia que hicieron los DOMINICOS cuando llegaron para ejercer su apostolado en .las Antillas,
siendo Virrey en la Española Diego Col6n. Ni bien llegaron, el
superior
de este grupo misional, fray Pedro de Córdoba (que se
había formado en el citado célebre Colegio de San Esteban
de Salamanca), se hizo cargo de una lamentable situaci6n: la inhumanidad de los encomenderos para
con los indios. Habiendo reunido a
los frailes, se resolvió denunciarla en el Sermón de la Misa
del domingo, que encargaron
al mejor de sus predicadores, fray
Antonio de Montesinos. Este sermón que Montesinos hizo el 21
de diciembre de 1511 denunciando los abusos ante el. Virrey y
toda la sociedad española, ha sido considerado como el «primer
clamor de
la justicia en América» y, según Pedro Martínez Ureña,
es «uno de los mayores acontecimientos de la historia de la humanidad» Y no sólo por
el reclamo, sino por la inmediata respuesta legal que produjo. Enterado el rey don Fernando de lo
ocurrido por
el mismo Montesinos, que para eso se trasladó a la Corte, ordenó a una junta de teólogos y juristas que examinaran
el problema y dieran leyes adecuadas. Estas fueron las Leyes de Burgos,
promulgadas el 27 de diciembre de 1512. Estas leyes proclamaban la libertad de los indios y su derecho a un trato humano;
amabilidad, horas y días establecidos de trabajo, exención del mismo para mujeres embarazadas, obligación
de los encomenderos de
enviar
a los muchachos indios a un colegio que se fundó, para lo
cual
se envi6 desde España a un maestro calificado, etc... En
dichas Leyes
de Burgos se expresaba también que la tutela de los
encomenderos se extendería sólo hasta un término pues «si alguna
vez (los indios) daban pruebas de gobernarse a sí mismos, se les permitiera
hacerlo, y pagaran sólo los impuestos corrientes a España».
Estos dos últimos puntos ponen de manifiesto las inquietudes
acerca de los «justos títulos de España a la conquista»
y sobre
la «capacidad» de los indios. Sobre ambas
se debatió mucho, y a
petición de
los Reyes intervinieron en estas discusiones los más
calificados teólogos y juristas.
Con respecto a la «capacidad» de los indios hubo unos célebre debates entre un erudito, Sepúlveda, que basándose en Aristóteles, sostenía que
los indios eran seres «inferiores», y fray Bartolomé de Las Casas, que había sido encomendero, y que a raíz
del. sermón de Montesinos se hizo dominico y campeón de la dignidad de los indios. La opinión de éste último fue compartida por
la
mayoría de los universitarios, así como por la Corona, que ya la
había sustentado desde
el principio. Y tanto es así, que no permitió
que
se publicaran las obras del aristotélico Sepúlveda ni durante
su vida ni después de su muerte (recién
en 1892 se editaron como
una curiosidad),
en tanto que Carlos V alentó y promovió la publicación de las numerosas obras de
Las Casas; le financió sus
proyectos de evangelizar a los indios alejados de los demás
españoles, lo nombró «Protector de los Indios», y lo hizo Obispo de
Chiapas;
y además promulgó en 1542 las Leyes Nuevas en las
cuales se suspendía el sistema de encomiendas. Esto último no
llegó a implantarse
por resultar impracticable: comprometía la
estabilidad
y seguridad de la sociedad americana dada la importancia de
los aborígenes en el trabajo y la escasa mano de obra
española. Y no sólo
los laicos alertaban acerca de esta realidad,
sino religiosos tan ejemplares
y caritativos como el antes mencionado fray Juan de Zumárraga. Como resultado de estas advertencias,
Carlos V revocó la prohibición de dar encomiendas,
pero
estableció que hubiera inspectores para requisarlas, pues ni entonces ni después se revocaron las disposiciones contra la crueldad
hacia los indios.
Los Justos Títulos
En cuanto a la cuestión de los «justos títulos» de la Corona a
hacer conquistas
en el Nuevo Mundo, Carlos V tomó la decisión de
que
se interrumpieran las conquistas hasta que una Junta especial
decidiera
acerca del asunto. Esta orden se cumplió, y a propósito de esta
interrupción, comenta el historiador Hanke. con admiración:
«Ni antes ni después, un poderoso emperador ordenó nunca
que cesaran las conquistas hasta que
se decidiera si eran
justas o no»
(op. cit., pág. 202).
El mentado debate dio por resultado la ley modelo de Felipe
II en 1573, por la cual se ordena sustituir la conquista armada
por la «pacificación», lo que
significaba respeto para adentrarse
en los territorios y la ratificación de los métodos evangélicos que iban
utilizando los religiosos para ir cambiando poco a poco las costumbres. En tal sentido, la ley indicaba que los vicios de los indios
se tratarían al principio con delicadeza «para no escandalizarlos».
Y
es de notar que entre nosotros el gobernador Hernandarias
promovió este tipo de cambio, al apoyar calurosamente la empresa
de los Jesuitas en las reducciones del Paraguay. Adentrándose
con
riesgo de sus vidas entre los indios salvajes que hicieron de ellos muchos mártires, pusieron un especial
cuidado en inducirlos poco
a poco a valorar la castidad -para aquellos guaraníes impensable-,
haciéndolo por el ejemplo -que a veces les costó la vida-. Rechazaban las mujeres que
les ofrecían y del mismo modo les hacían valorar el trabajo, que antes echaban sobre los hombros de
las mujeres y sus servidores.
Y el debate sobre los «justos títulos» de la presencia de España en América dio lugar a que uno de los que terciaron en él,
el
eminente dominico Francisco de Vitoria, profesor en Salamanca, crease una rama nueva en el Derecho,
el Derecho de Gentes,
hoy llamado «Derecho, Internacional». A mediados del siglo XVI,
Vitoria enseñaba en su
cátedra que ni el Papa ni el Rey tenían
derecho al poder en tierra ajena, pero que tenían «derecho a
predicar
y declarar el Evangelio»; por lo cual debían asumir la
carga de un mandato provisorio, rescatando a
personas inocentes
de situaciones injustas (sacrificios humanos, canibalismo, esclavitud. de las mujeres y súbditos), con
el objeto de preparar a los
indios
para su admisión en una comunidad internacional en una
base de igualdad. En otras palabras, ratificada
la «misión» civilizadora de España, que necesariamente llevaría un largo tiempo,
pero que tendría un
término.
Por todo ello, Hanke llega a la misma conclusión del inglés
Toynbee,
«Ningún pueblo europeo --dice--antes o después de la
conquista en América, se lanzó a una lucha por
la justicia
como
los españoles tras su descubrimiento».
Conclusión
Como decíamos al principio, los que llegaron al Nuevo Mundo
eran tan hombres y pecadores como los que aquí se encontraban.
La diferencia estaba en el nivel de civilización y en los principios
justicieros y cristianos
que reconocían y aún aquellos que se dejaron arrastrar por la codicia y abusaron de los indios, sabían que
procedían mal; muchísimos
se arrepintieron e hicieron «restituciones». Pero lo
más importante es esto que subraya Hanke:
«Si bien en todas partes y en todo tiempo las naciones han
conquistado con mezcla de motivos egoístas
y altruistas,
ninguna nación tomótan en serio sus deberes cristianos hacia
los pueblos indígenas como lo hizo España. Inglaterra (que
creó la Leyenda Negra) ciertamente no lo hizo pues,
como
dijo un predicador de Nueva Inglaterra, los puritanos esperan encontrar a los indios en el cielo, pero quieren mantenerse apartados de ellos en la tierra, y no sólo eso, sino
exterminarlos del país» (pág. 296).
Ningún pueblo se planteó las cuestiones de justicia que se
planteó España; ningún pueblo debatió públicamente al punto de
acusarse de sus propios errores
y pecados, y esto le da a la acción
española «un carácter que merece consignarse». Este carácter único puede resumirse en su deseo y acción por incorporar a
los indios a la civilización
cristiana, salvando a la vez la raza y el peculiar genio de aquellos que,
como los mejicanos e incas, estaban
en un nivel más elevado, y que, recibiendo el aporte europeo,
se elevaron a una mayor plenitud. En este encuentro de dos mundos, ganó
también el Viejo Continente en el aspecto espiritual, ganó en comprensión, en amplitud, en ideales de justicia que todavía rigen
y tratan de aplicarse
en el Derecho internacional.