....Textos.....Artículos ...INDEX

El regalo de Navidad de Dios y nuestro regalo a Jesús

Está claro que el regalo de Navidad de Dios es el Niño Jesús. Un regalo divino.

Sólo Dios Padre es capaz de entregar a la muerte a su propio Hijo por unos pecadores, es decir, por unos enemigos, porque es el único que tiene un amor misericordioso infinito. No fue obstáculo para su designio de amor que el Hijo fuese inmortal, al contrario, ambos, y el Espíritu Santo convinieron en que Dios Hijo, el Verbo de Dios, se hiciese hombre mortal, y para ello, que naciese de mujer. Así fue hermano nuestro para hacernos hijos de Dios Padre y asumió totalmente nuestra naturaleza para poderla redimir del todo muriendo entre atroces sufrimientos, locura de amor, para anunciar e iniciar el reino de Dios.

Y Dios Padre nos lo regaló en la primera Navidad de la historia. Este es el regalo de Navidad de Dios. No, un regalo regio. Mucho más. Un regalo divino.

Nuestro regalo de Navidad a Jesús

Efectivamente, no puede ser que por Nochebuena y Reyes demos regalos a todo el mundo y a Jesús nada, siendo así que encima lo que celebramos es precisamente su cumple. Pero ¿qué le podemos dar?, teniéndolo todo Él por ser Dios. Él como Dios que es nos ama infinitamente a cada uno como personas que Él nos ha hecho. Y quiere nuestro amor. Y al ser también hombre desde su Encarnación, necesita imperiosamente nuestro amor, lo requiere, lo pide y lo implora con insistencia. Quiere podernos amar, quiere que no rechacemos el bien que Él nos da al amarnos, nuestro máximo bien, que es, por de pronto, su reinado en nosotros, en cada uno de nosotros, en nuestro corazón, en nuestra alma. Es nuestro máximo bien por de pronto, porque tenemos la imperiosa necesidad de vivir y obrar según Dios, según la voluntad de Dios, porque así lo requiere nuestra naturaleza racional, que no nos la hemos dado nosotros, sino que Dios nos ha hecho así: nos ha hecho para Él, y sólo Él nos puede satisfacer; de tal manera que ningún otro bien, incluso los que con más ahínco buscamos, nos llena del todo cuando lo conseguimos, cuando Dios nos lo da; ni siquiera ninguna otra persona nos colma de satisfacción. Pero ocurre que, como enseña santo Tomás de Aquino, el pecado original, aunque no corrompió nuestra naturaleza, que sigue siendo buena y sigue queriendo la verdad y el bien, sí que nos produjo un desquiciamiento que consiste en la indocilidad e incluso la insumisión a Dios de nuestras potencias superiores, las cuales tienen insumisas a su vez a nuestras potencias inferiores; y el alma al cuerpo. En definitiva, por el pecado original, pretendemos vivir y obrar según nosotros mismos, cada uno según su yo, no según Dios. Cosa que el demonio fomenta y utiliza por todos los medios; y que suscita e incluso impone el mundo mundano que tiene como príncipe al propio Satanás, que es el jefe y el modelo de ese vivir según la carne o, lo que es lo mismo, como enseña san Agustín, vivir y obrar según uno mismo, rechazando vivir y obrar según Dios.

A causa de nuestra rebelión y nuestro pecado, Dios podría aniquilarnos, hacer o dejar que ya no existamos. Tiene poder para ello, desde luego. También podría, por el contrario, hacernos vivir y obrar según su voluntad mediante gracias que no podamos rechazar, gracias irrompibles. También tiene poder para esto, claro está. Pero Dios no actúa así. Ni ha aniquilado al demonio y a los otros malignos espíritus, ni lo va a hacer; aunque hayan expresado a veces su opinión afirmativa importantes eclesiásticos.

Tampoco nos da Dios gracias que no podamos rechazar, sino que cuando obramos bien es a causa de la moción de Dios mediante la gracia y cuando obramos mal es a causa de que nosotros hacemos el esfuerzo culpable de obrar de manera diferente de la moción de Dios, apartándonos de su gracia, rechazando su gracia. Cuando obramos bien es por la eficacia intrínseca de la gracia y cuando obramos mal es por culpa nuestra. La causa de nuestros pecados no es Dios, ni por acción, ni por omisión de dar a algunos sí y a otros no gracias que no se pueden rechazar. Dios no es el capo mafioso; Dios es nuestro Padre, como nos reveló Jesucristo, Nuestro Señor. Rechazamos por consiguiente el disparatado molinismo y todo pelagianismo y semipelagianismo; y al mismo tiempo todo semicalvinismo y semijansenismo. Y la blasfemia de hacer de Dios un capo mafioso. Que nosotros no sepamos aún todo lo referente a la manera de actuar Dios, Nuestro Señor, y demostrarlo; y que no se les ocurra a algunos, como a los demás, ninguna otra explicación más que el semicalvinismo o el molinismo no demuestra la validez de semejantes errores. No, no se nos ocurre cómo es que la gracia que Dios nos da es intrínsecamente eficaz pero rompible, cómo es que por permisión de Dios podemos rechazar su gracia, que en sí es eficaz, sin que su eficacia se la demos nosotros al obrar conforme a dicha gracia, sino que por el contrario la gracia divina es la que eficazmente nos hace obrar según la voluntad de Dios, pero sin privarnos de la posibilidad de rechazar esa divina gracia eficaz y obrar en disconformidad con ella culpablemente. Pero es así. Tampoco a los que oyeron de Jesús el discurso del pan de vida en la sinagoga de Cafarnaún se les ocurrió ninguna otra explicación que el canibalismo (Juan, 6, 62), y esta ocurrencia no demostró ser lo que Jesús iba a establecer. Unos pocos siguieron creyendo y confiando en Jesús y otros muchos, no, hasta la institución de la Eucaristía por Jesús, el Verbo hecho carne, en la Última Cena, su verificación en su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión, y la predicación y la realización de este misterio por la santa Madre Iglesia, que ha hecho que, mediante la divina gracia, hasta los niños al llegar al uso de razón, a los siete años o antes, sepan distinguir el pan consagrado del pan sin consagrar y conocer por la fe la presencia real de Jesucristo, Nuestro Señor, en la Santísima Hostia consagrada. Ni a san José se le ocurrió la Encarnación de Jesús por obra del Espíritu Santo en las virginales y purísimas entrañas de su esposa María antes de que se lo revelase de parte de Dios el arcángel san Gabriel. Pero, así había sido, claro está. Ahora está claro, después de lo que se le reveló a san José, después de lo que se le había revelado a la siempre virgen María, después de que la Iglesia así lo enseñe y después de que se nos dé la gracia divina de la fe para recibirlo. Porque la propia siempre virgen María también había recurrido a pedirle al mismo gran embajador divino que le explicase cómo iba a ser, sin concurso humano, la concepción de Jesús, que le anunciaba, en sus, por voluntad divina, para siempre virginales entrañas, porque tampoco a ella se le podía ocurrir sin una revelación.

Lo que le damos a Jesús es nuestro corazón, nuestra alma, para que reine en ella, como Él anhela y como nosotros necesitamos. Nos ofrecemos a Él como víctimas de su amor, como enseña con sus escritos y con su ejemplo nuestra doctora, santa Teresita del Niño Jesús, o lo que es lo mismo, como víctimas de su reinado. Víctimas, sí, aunque ese es, por de pronto nuestro máximo bien, porque vamos a tener que sufrir mucho para no obrar y vivir según nuestras insumisas apetencias, sino según Dios; para sacrificarlas y, sobre todo, para inmolar, nuestro yo. Y somos totalmente incapaces de soportar nada los que no somos más que pobres pecadores y hombres, varones o mujeres, de poca fe. Pero le damos todo ello a Jesús, confiando del todo en Él, porque Él nos da la gracia de esta confianza, al hacernos sensibles a su anhelante súplica de que le queramos y queramos su amor y su reinado en nosotros, nos apresuramos a decirle que sí se lo damos, a sabiendas de que no podemos soportarlo. Pero Él sí puede hacer que podamos. De modo que se lo damos todo, incluidos nuestros pecados para que Él nos los perdone, contando con pagar con lo que Él mismo nos da, con su gracia. En especial para cumplir su mandamiento nuevo de amar al prójimo y amarlo como Él nos ha amado. Y cuando incumplimos esto y nuestro compromiso de hacer su voluntad, no le hagamos además la ofensa de no recurrir a su misericordia infinita para que nos perdone. Y para pedirle su ayuda. Y, sin olvidarnos de darle las gracias, todo lo que nos quiere dar.

Esto por de pronto. Su reinado en nosotros. Y sobre todo necesitamos y queremos algo muy superior que Dios nos quiere dar, que es Su presencia en nuestra alma. Necesitamos al Espíritu Santo. Necesitamos al Padre y al Hijo.

Y lo pedimos:

Toma Señor y recibe nuestra libertad, nuestra memoria, nuestro entendimiento y toda nuestra voluntad. Todo nuestro haber y poseer. Todo nuestro ser. Todo es tuyo. Tú nos lo diste. A ti te lo retornamos. Haznos el gran favor de aceptarlo. Danos tu amor y tu gracia y esto nos basta; pero nos es imprescindible para vivir según tu voluntad, siempre fiel en todo a la del Padre. Danos de parte del Padre al Espíritu Santo, la gracia Increada. Habitad en nuestras almas las tres divinas personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Así lo queréis y así nos habéis hecho conocer que lo necesitamos, porque nos hicisteis para Vosotros, Santísima Trinidad, y estamos inquietos de insatisfacción mientras no nos hagáis descansar unidos a Vosotros, único y mismo Dios.